Capilla del Sol - foto de Mariana CullenEl próximo viernes 19 de junio a las 20, Capilla del Sol por primera vez se presentará en el Teatro Argentino de La Plata, Sala Astor Piazzolla.  Será con el repertorio “A cantar todo gargüero…”,  una selección de villancicos de Juan de Araujo, uno de los músicos más importantes que vivieron en Sudamérica en el siglo XVII.»…nos enorgullece que el Barroco Americano, nuestro repertorio, llegue a teatros tan importantes como el Argentino (así como ya lo llevamos al Colón, o a salas de prestigio internacional, dándole una difusión y un prestigio social que hace años no tenía)» señala Ramiro Albino, director del conjunto, quien, además, ha escrito dos textos sobre El villancico americano en la época de Juan de Araujo que invitamos a leer en este artículo .

“A cantar todo gargüero …”
(villancicos de Juan de Araujo)
Capilla del Sol
Dirección musical: Ramiro Albino
Viernes 19 de junio a las 20
Sala Astor Piazzolla del Teatro Argentino (51 entre 9 y 10, La Plata)
entrada general $30 (50% de descuento para jubilados y estudiantes)
(en venta en las boleterías del teatro, o a través de tuentrada.com, Tel. 011 5533-5533)

Capilla del Sol (Conjunto Residente del Museo Isaac Fernández Blanco, Buenos Aires) está integrado por  Adriana Sansone y Silvina Sadoly, Sopranos, Verónica Canaves, alto, Matías Tomasett, Tenor, Ramiro Albino, flauta, Eduardo Rodríguez, bajón, Evar Cativiela, vihuela de mano, Federico Ciancio, clave y órgano, Ramiro Albino, dirección musical, Leila Makarius y Jorge Cometti, coordinación artística.

Juan de Araujo por Ramiro Albino

Juan de Arauxo nació en Villafranca, España, en 1646, y llegó a Lima siendo joven junto a su padre, que era funcionario del Conde de Lemos, Virrey del Perú.
Hacia 1670 fue nombrado maestro de capilla de la Catedral de Lima. Cargo que mantuvo hasta 1676. De allí viajó a Panamá y probablemente a Guatemala para regresar luego al Perú. Allí tuvo un contrato como maestro de capilla de la Catedral de Cuzco y, finalmente en 1680, de la Catedral de La Plata (hoy Sucre) donde permaneció hasta su muerte en 1712.
En el archivo de la Catedral de Sucre se conserva la mayoría de sus obras, religiosas y profanas, todas ellas de gran calidad, que reflejan el intenso trabajo que desarrolló en esa ciudad durante los 32 años que se desempeñó como maestro de capilla. La ciudad era culta y rica, próxima a las minas de Potosí, pero enclavada en un sitio mucho más amable. La capilla musical de esta villa era nutrida, y se sabe que llegó a contar con hasta cincuenta integrantes.
Su estilo compositivo es netamente español: composiciones con fuertes juegos rítmicos, texturas policorales, y contrapunto conservador. En su música no hay violines, más propios del barroco italiano.

El villancico americano en la época de Juan de Araujo por Ramiro Albino

La población de las colonias españolas en América estaba mayormente formada por criollos, indígenas y mestizos. Los primeros ostentaban poder sobre los segundos desde la conquista, y los sometían laboral y económicamente mediante el sistema de encomiendas, legalizado y oficializado por la corona.

Vivir en una sociedad fundamentada en linajes y religiones era problemático para los originarios de las nuevas tierras, pues tenían un origen desconocido, y pesaba sobre ellos la leyenda de que eran vástagos de una tribu perdida de Israel, y entonces, al creerlos judíos, tenían menos derechos y beneficios.

Pero en el siglo XVII cae la encomienda y los criollos pierden poder sobre los indios, que poco a poco comienzan a ocupar lugares en la universidad y el clero. Paralelamente, los hijos de españoles nacidos en aquellas tierras pretenden obtener cargos o títulos reales de parte de la corona, pero les son negados. La identidad colonial, en una época donde el ser dependía de la estirpe, entra en crisis. Se busca entonces exaltar la tierra y encumbrar a sus habitantes, y se recurre para eso a varias estrategias, entre las que destaco dos: en primer lugar reconocer y divulgar la “nobleza” preexistente en los pueblos originarios, pero además difundir la obra de personajes locales venerables llevados a los altares muy poco después de sus muertes (Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Mongrovejo, San Martín de Porres, Santa Mariana de Jesús, San Felipe de Jesús….). Esto cambia entonces la mirada sobre el continente y sus pobladores, porque el saber de su prosapia otorgó tranquilidad y porque se recuperó la confianza en una tierra elegida por Dios y la Virgen.

A este contexto social llegó Juan de Araujo, un músico nacido en Villafranca de los Barros, Extremadura, en 1646. Su primer destino fue Lima, pues su padre era funcionario del Conde de Lemos, quien fue Virrey del Perú desde 1667. Un par de años más tarde de su llegada obtuvo el cargo de Maestro de Capilla de la Catedral de Lima, luego viajó a Panamá y probablemente a Guatemala, volvió a Perú como Maestro de Capilla de la Catedral de Cuzco y finalmente tuvo el mismo cargo en la Catedral de La Plata (hoy Sucre), donde permaneció hasta su muerte en 1712.

En ese momento, la ciudad era rica y culta, próxima a las minas de plata de Potosí, pero enclavada en un valle de condiciones geográficas más amables. Funcionaban allí la Real Audiencia de Charcas y la Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco de Xavier de Chuquisaca, regida por los jesuitas. La culta ciudad también era sede arzobispal.

Araujo era el encargado de música de la catedral, la iglesia más rica de una ciudad próspera, y como tal, debía satisfacer todas las necesidades que hubiera en tal materia. Debía escribir la música para la liturgia y el oficio (música en latín, de carácter solemne) y paralelamente componer villancicos o chanzonetas para ser cantados en los días de fiesta en los nocturnos de Maitines, o en otras funciones paralitúrgicas, como procesiones, adoraciones, etc. Para eso contaba con un conjunto vocal e instrumental que según sabemos, llegó a tener hasta cincuenta integrantes.

El villancico, contrariamente a lo que se piensa hoy, no se cantaba sólo en Navidad. El villancico es la canción de las villas, es decir de las ciudades. Sencillamente es música urbana, con letra en lengua vernácula y pensada principalmente para ser cantada en espacios abiertos. Sin embargo, no cualquier canción española del pasado puede considerarse villancico, sino sólo aquellas con temática religiosa y compuestas para una festividad de la iglesia, por lo general por un Maestro de Capilla. En un gran número de casos, los villancicos presentan dos secciones bien diferenciadas: estribillo y coplas, pero muchas veces, tal como ocurre con la mayor parte de las manifestaciones del Barroco, se traiciona el esquema formal tradicional, y aparecen nuevos elementos o ideas sin que cambie la denominación.

El villancico presenta otro caso de fusión indisoluble de poesía con música, cuya existencia se justificaba sólo en un contexto de fiesta. El autor del texto (muchas veces el propio compositor) debía considerar que sus palabras serían cantadas en un acontecimiento colectivo, y eso implicaba un tratamiento especial del texto. Era entonces fundamental la comprensión de su mensaje, sin que eso fuera en desmedro de la calidad literaria. Hay quienes critican los versos por su uso excesivo y repetido de figuras retóricas de ornato, frente a la poca calidad poética, otros lamentan la falta de originalidad. Dentro del nivel variable y desparejo de los textos no podemos dejar de reparar en dos posibles planteos estéticos capaces de justificar aquella práctica. Por un lado la escasa innovación puede ser un recurso para lograr la comprensión del auditorio, que incluía a todos los miembros y estratos de la sociedad del momento, y por otro, la necesidad de afirmar y reafirmar valores culturales españoles frente al desconcierto del exilio en un medio tan diferente.

Si bien algunos villancicos se pudieron cantar en las iglesias, o en conventos, la mayor parte de las obras se interpretó en las calles, como parte de la celebración de una fiesta importante como Navidad, Corpus Christi, alguna celebración mariana o el día de un santo o santa en particular. En estas ocasiones, además de música, las casas se engalanaban con arcos, telas, tapices o flores, y en las calles solía hacerse arcos decorados con pinturas o espejos bajo los cuales pasaban procesiones con andas, carros alegóricos y desfiles representando el mundo español, el precolombino y el colonial, con todas sus etnias, costumbres, ropajes y bailes. Mientras se cantaba los villancicos y el público escuchaba, tocaban campanas, salvas de cañón y fuegos artificiales. Ese era el marco contextual del repertorio.

La fiesta normalmente duraba un día (además del largo tiempo de su preparación), y extraordinariamente podía extenderse durante varios. La fastuosa puesta en escena y su gozo eran caducos, metaforizando lo fugaz y pasajero de la existencia humana y su alegría. Toda la arquitectura efímera construida para la ocasión era desmantelada, las calles se desvestían y la cotidianeidad volvía hasta la próxima fiesta. Por lo general, los villancicos también prescribían, y por lo general no eran vueltos a utilizar.

17 de junio de 2015
Rosario – Santa Fé – Argentina


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